19 de febrero de 2018

"LA HUELLA DE UNA CARTA" (Rosario Raro)

febrero 19, 2018 40

Leí por primera vez a Rosario Raro con una lectura conjunta de "Volver a Canfranc", novela que no he reseñado todavía (pero lo haré). A pesar de que no fue lo que esperaba, no pude resistirme a este nuevo título,  "La huella de una carta", de la editorial Planeta
Aquí os cuento mis impresiones.

A modo introductorio, nos ubicamos en agosto de 1962, en Dusseldorf, donde Boro y Varick encuentran en la piscina a una Mirja con apariencia inerte. Y a partir de aquí, saltamos a una Barcelona del mismo año, entramos en materia y la novela se presenta en varias partes y lugares.

Nuria y Máximo están casados y tienen dos hijos: Mireia y Marc. Máximo es comercial por lo que tiene que viajar de manera constante, mientras que su mujer, aun siendo ama de casa, tiene aspiraciones a trabajar y encuentra un puesto, consistente en responder una serie de cartas que algunos oyentes de un programa de radio - promocionado por un laboratorio cosmético - envían con sus consultas y sus inquietudes.

" Se encontraba muy perdida en aquel bosque de hojas con letras tan vivas."

Nuria se apoyará en esta nueva vía de escape, mal que le pese a su marido, porque aunque en esa época las mujeres ya podíamos trabajar fuera del ámbito hogareño, no desempeñábamos puestos laborales importantes y, con un machismo latente, estaba muy mal visto. Además, como gran lectora, su meta final sería poder escribir, y la forma más acertada que encuentra para hacer sus pinitos es esta.

Iremos conociendo algunas de las cartas que reciba, principalmente femeninas, hasta que un día le llegue una que le quite el sueño. En ella, una mujer le hablará de niños con amputaciones y deformaciones. En este punto y tras haber callado durante un tiempo, termine manteniendo correspondencia privada con esta señora, sin pasar por el consultorio.

"Dios sabe siempre por qué hacer las cosas. Nuestro Señor escribe recto sobre renglones torcidos."

Comienza a tirar del hilo y va descubriendo pistas que, debido a su desconocimiento en temas médicos ni químicos, tendrá que compartir con uno de sus colegas del laboratorio, Boro, y sean ambos los que se dediquen a investigar mucho más de cerca este caso. Se verán involucrados en un mar de desgracias ya que lo que la carta indica es mucho menos grave de lo que hay en realidad, y todo ello se verá enturbiado por gente peligrosa y con mucho poder, esos que anteponen sus intereses económicos a la propia moralidad.

Liliana - otra de las compañeras de trabajo de Nuria y Boro - y un sacerdote que conoce a Boro desde hace mucho tiempo, también tendrán su papel no solo dentro de la empresa, sino también de la investigación. Y todos ellos intentarán salir a flote de este gran caos. Y entre medias, descubriremos quiénes son Varick y Mirja, y tornaremos a esa piscina. Pero habrá un personaje estelar, Frida Lorensen, una mujer que famosa que irrumpirá con mucha fuerza en la última etapa del libro y que pondrá las cartas sobre la mesa y nos ayude a hilar todas estas subtramas.

Por último, un epílogo encierra un escrito de la propia Mireia - hija del matrimonio - , relatado mucho años después.

" No solo se trata de querer salvar a alguien, sino de que alguien tenga la voluntad de sobrevivir."

No se puede definir este volumen ni como una novela coral ni como un thriller, porque tiene un poco de ambas. Hay misterio, hay crimen y también hay amor, una familia, un equipo... La ambientación es maravillosa, los personajes están bastante bien definidos y perfilados, aunque me hubiera haber conocido algunos detalles más.

El pasado que siempre nos persigue, los secretos que a veces terminan desvelándose, etc, aparecen a lo largo de estas trescientas páginas que se leen casi de un tirón y que entretienen, mucho. Sí, hay amor, pero casi en una historia paralela. Lo más remarcable es el halo de misterio que surge ya en las primeras páginas y no desaparece hasta el final.

Esta vez, Rosario Raro ha conseguido camelarme, y lo que es más, no es que la historia haya resultado creíble por sí misma, sino que tras el epílogo, una nota de la propia escritora añade que, desgraciadamente, este argumento tiene bases reales, planteando una gran reflexión distópica en el lector, que obliga a hacer un análisis exhaustivo de lo leído y asimilar la dureza que le rodea.

6 de febrero de 2018

"POR SI ME OYES" (Pascale Quiviger)

febrero 06, 2018 55

Hay editoriales en las que se confía, que son una apuesta segura de buena lectura, con un catálogo del que elegirías prácticamente todos los títulos. Sin embargo, no podemos llegar a todo y hay novelas que se te escapan, hasta que alguien te hace un regalo y descubres "ese" del que no habías oído hablar y que tampoco formaba parte de tu estantería. Este es el caso de "Por si me oyes" de Pascale Quiviger, de Alba Contemporánea.



Hablamos de una novela de corte intimista, editada en 2016, que en su sinopsis recoge a un albañil que roza la treintena, David, casado y con un hijo, que se cae de un andamio con la mala fortuna de que en la caída el casco que le protegía la cabeza se desprende.

Su mujer, Caroline, y su hijo, Bertrand, tendrán que sufrir la angustia de vivir en una familia resquebrajada a cuenta del coma, a saltos entre la rutina del colegio y el hogar y las visitas al hospital.

A lo largo de varios capítulos que engloban el periodo hospitalario, iremos viajando mes a mes por los avances o retrocesos de David. Bertrand llevará fatal la presencia del cuerpo de su padre pero no de sus risas y abrazos, de su voz ni sus palabras, pero aparecerá Steve, un enfermero que le ayudará a afrontar su pena con madurez y hombría. Por su parte, Caroline, también tendrá el consuelo de Steve, quien le ayudará en el trance y el duelo de la muerte en vida de su marido. No sólo será el dolor y la pena lo que tenga que padecer, sino también un gran dilema moral que se presentará ante sí en un momento que podría considerarse impensable.

"Sólo se dice adiós de verdad a lo que se ha vivido plenamente."


No sólo seremos partícipes de esa vida agrietada de madre e hijo a cuenta del giro que da la vida del padre, sino que se entremezclarán algunos capítulos con esa otra voz, la de David. Esto no solo es fascinante, también eriza la piel.

"Porque me tocan aún existo.
Llenan mi vida
me inventan un nuevo mundo
con sus manos sus manos sus manos
pero yo no quiero más 
que salir de aquí"

No me había acercado previamente a la pluma de Quiviger, y confesaré me ha resultado magistral. Con una prosa bella y directa que llega al alma, consigue emocionar desde la primera página y provoca en el lector una gran reflexión a nivel distópico y genera un ejercicio mágico de introspección. 
Un argumento muy auténtico y a la vez coloquial, ya que un hecho semejante podría sucederle a cualquier persona que trabaje en un andamio o un puesto laboral similar, y que aconsejo leer. 

Os auguro un nudo en el estómago durante la lectura, puede que incluso alguna lagrimilla,  ya que la vida, como en la portada, muchas veces gira en espiral.



2 de febrero de 2018

Aquel cuadro....

febrero 02, 2018 29

Aún siento el mismo vuelco que sufría mi estómago con cada viaje al pueblo de mi madre. Imagino que serían los nervios que se concentraban en esa zona de mi cuerpo por el conocimiento de que vería a mis amigos de allí, a mi abuela, a mi tío, que podría corretear en libertad sin los peligros que acechaban en la capital.

Mi padre conducía el coche, mi madre de copiloto y yo detrás, casi siempre sola, porque mis hermanas ya eran mayores y por aquel entonces tenían otros planes más interesantes que ir al pueblo donde por no haber, no había ni un solo comercio. Para mí, al contrario, era uno de los puntos fuertes de aquel lugar, pequeñito, casi recóndito, y donde todas las personas que se cruzaban contigo por la calle te demostraban su cariño, te sonreían y te preguntaban por tu familia y por ti. Y es que tengo la gran suerte de tener una familia maravillosa, estamos muy unidos.

La calle principal es donde estaba ubicada la casa de mi abuela, la calle Mayor, con el suelo empedrado por lo que el recorrido en coche era divertidísimo con tanto vaivén. Cuando estaba mi padre aparcando bajaba nuestra perra como alma que lleva al diablo, Epi, una pastor alemán grande y con mucho pelaje. Supongo que sería su manera de mostrarnos su alegría porque ya habíamos llegado.

La casa estaba en la esquina de dos calles, una como indicaba, la principal, y la de detrás, la calle que subía a la iglesia; por lo que la casa tenía dos entradas, una que daba a la cuadra, y la de arriba, al granero. Al estar cercana a la cuesta de la iglesia daba la sensación de que estuviese la casa torcida hacia un lado. Tenía la pintura de la fachada de color blanco, un tanto desvencijada, y a cada ventana y balcón le rodeaba una pintura de color azul cerúleo. Reconozco que tengo que cerrar los ojos y apretar los párpados con mucha fuerza para intentar rememorar en mi retina todos los detalles y que no se me escape ninguno, ya que hace muchísimos años que no voy por allí.

La puerta principal era de madera, de esas que se abrían en dos partes y que tenía unos cerrojos super fuertes. Me encantaba que la parte superior estuviese abierta y desde fuera, acercar la mano hacia el cerrojo y abrirlo; me hacía sentir super mayor y super importante. También teníamos unas cortinas de goma en forma de espiral de color verde prado, que al abrirla por el centro pesaba tanto que si no entrabas rápido, te pegaba un latigazo que picaba durante un buen rato.

Al entrar, a mano izquierda había una mesa redonda con un mantel horroroso, que no consigo recordar de manera muy nítida, pero donde guardábamos juegos y libros, entre ellos, y esto sí lo visualizo perfectamente, uno de "Esther", que me hacía mucha gracia, porque era el título de mi nombre y desde mi mundo de fantasía, yo era la protagonista de ese tomo. Al fondo también había un sofá donde solía sentarme a pasar las horas de mayor aburrimiento y la cuadra, a la que solo entraba mi tío o mi padre, porque las mujeres de la casa éramos muy asustadizas, y yo me imaginaba fantasmas y monstruos dentro, esperándome.

Tras subir dos escaleritas había una puerta que costaba Dios y ayuda abrir, y entonces un pasillo de varias escaleras bastante empinadas que aterrizaban en un descansillo. A mano izquierda, la cocina, la despensa y el baño; a mano derecha, la habitación de mi abuela. Y entre medias, aquel cuadro.

Ese cuadro era un retrato de mi madre, a día de hoy no podría distinguir si era a lápiz o a carboncillo, y diría que el marco era metálico, pero puede que esté equivocada. Lo pintó un amigo de mi padre y se lo regaló. En él aparecía mi madre, con el rictus serio, porque siempre le ha puesto nerviosa sentirse observada, pero con la prestancia y la elegancia natural de la que disponía y a día de hoy, sigue teniendo. Estaba imponente. Lucía preciosa en ese retrato, era imposible verlo y no darse cuenta de que era mi madre. Porque ella era así, una modista con un gusto exquisito, con un porte de modelo, caminando erguida y con un leve contoneo de caderas, inimitable, con sus piernas delgadas y bien torneadas, sus zapatos de tacón medio y siempre vistiendo a la moda, sencilla y majestuosa al mismo tiempo; con su cabello siempre recién peinado en la peluquería, las uñas de color rojo con diseño de media luna, un maquillaje mínimo pero acertado y los labios siempre de color, y lo más característico, su piel blanquita y sus pecas, signo de identidad de esa belleza que nace desde dentro e irradia a los demás. 

Podías subir las escaleras y bajarlas diez veces en el mismo día y no podías evitar detenerte frente a su retrato  y embelesarte a contemplarlo.

Ahora que me ha venido a la mente me pregunto qué fue de aquel cuadro, dónde estará, si dentro de alguna caja en el granero cogiendo polvo y humedad, o espero que no, en la basura. Me encantaría tenerlo en el salón de mi casa para que cuando me falte, ojalá sea dentro de muchos años, pueda seguir recordando lo bella que fue y es, mi madre, mi amiga, mi confidente, mi musa.


1 de febrero de 2018

"STONER" (John Williams)

febrero 01, 2018 30

Adoro que me recomienden libros, porque hay tanto por leer, que es muy común que se escapen ciertas lecturas por mero desconocimiento y de no ser por esas sugerencias, se pasarían por alto. Esta es una de ellas, "Stoner" del escritor tejano John Williams, publicada originalmente en 1965 y reeditada en muchas ocasiones, esta en concreto por la editorial Baile del Sol. La responsable de la recomendación: Mientras Leo.


Este libro recoge la vida de un hombre, William Stoner, hijo único de un matrimonio de granjeros que deciden enviarle a la Universidad de Missouri a fin de que aprenda nuevas técnicas, que luego pueda llevar a cabo en la granja de sus padres. Pero al llegar a sus clases va olvidándose poco a poco de aquella vida campestre y encuentra su refugio en los libros, y su vocación en la enseñanza.

Allí conocerá a una mujer, inestable en el ámbito psicológico pero que le sorprende con sus actuaciones y que adora por encima de todo, o simplemente se acostumbre a su compañía, y la misma que le lleve a su fracaso matrimonial. Juntos tendrán a su hija Grace, quien será su cómplice, su mano amiga, la niña de sus ojos, con un carácter muy similar al suyo.

Stoner es un personaje gris, lacónico, que no disfruta de cada día, sino que meramente sobrevive, y tendrá que descubrir lo que es un amigo y lo que significa que la guerra te lo quite de golpe. Lo que es amar y que se te rompa el corazón. Afortunadamente, conocerá el amor verdadero, la pasión y el deseo, aunque por circunstancias de su vida no pueda únicamente vivir de amor, y esto, sin darse cuenta, le transformará en un ser tremendamente introvertido.

También es la historia de una vocación, como decía, ese comenzar a estudiar y a leer y que todo ello te derive en profesor. Es más, es la pasión por la educación y la enseñanza, y es una adoración por la literatura en todas sus facetas.

A nivel narrativo y a pesar del tono grisáceo que utiliza Williams para explicarnos la personalidad y el comportamiento de Stoner, no es tan oscuro como pueda parecer a priori. La prosa es envolvente, cuidada y de ritmo lento, que te va absorbiendo y adentrando poco a poco en una historia con la que se sufre por su belleza y también por esa forma tan característica que utiliza el autor para emocionarnos.

"Habiendo accedido tarde a los estudios, sentía ahora urgencia por estudiar. A veces, inmerso en sus libros, le venía a la cabeza la conciencia de todo lo que no sabía, de todo lo que no había leído y la serenidad con la que trabajaba se hacía trizas cuando caía en la cuenta del poco tiempo que tenía en la vida para leer tantas cosas, para aprender todo lo que tenía que saber."

Por supuesto y casi aunque no es necesario remarcarlo, esas pinceladas de metaliteratura son un deleite para cualquier lector, porque una vez más se descubre que leer es un bálsamo para el alma, independientemente de quién seas ni a qué te dediques, seas feliz o estés pasando un túnel del que no atinas a ver la salida.

Y es por libros como estos los que ensalzan a un escritor, a la literatura, a los lectores, que nos sumergimos entre páginas como vía de escape. No os dejéis engañar por la alusión a una personalidad tan opaca como la de Stoner, también la lectura tiene alguna pincelada de humor y la mezcolanza de todo en su conjunto lo convierte en entrañable y emotivo a partes iguales. Miento, mucho más emotivo.