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21 de diciembre de 2018

"FRANKENSTEIN" (Mary Shelley)

diciembre 21, 2018 32

Comencé a leer "El año del verano que nunca llegó" de William Ospina, y según iba avanzando en sus páginas un tanto desorientada, de hecho, decidí parar de leer y retomar su lectura cuando hubiese leído a todos los asistentes a Villa Diodati. Hoy os traigo mis impresiones sobre "Frankenstein" de Mary Shelley. Hay muchísimas ediciones de este libro, en mi caso escogí la de Austral, tal y como os os muestro en la imagen.


Este clásico publicado por primera vez en 1818, considerado como una novela de "fantasía + scifi + gótica + epistolar" (ahí es nada....), escrita por la londinense Mary Wollstonecraft Shelley, fue traducido en muchísimas ocasiones. En el ejemplar que yo os muestro la traducción viene de puño y letra de José C. Vales, quien comienza con su propia introducción a Frankenstein. Le sigue otra de Shelley respecto a la edición de 1831. La historia se recoge en dieciocho capítulos más una continuación a modo de final definitivo; en total, no llega a 300 páginas.

Fue escrita en 1816 aquel "año sin verano" en la Villa Diodati que Lord Byron tenía cerca de Ginebra, viaje al que acudieron también George Gordon, Percy Bysshe Shelley (en ese momento, novio de una Mary de tan solo 18 años), Mary Jane (hermanastra de Mary, embarazada de Byron) y John William Polidori, su médico personal. Para combatir el aburrimiento provocado por esa climatología tan adversa propusieron, a modo de entretenimiento, que cada uno escribiese una historia de terror, y de esa noche nació "Frankenstein o el moderno Prometeo". Éstas y más curiosidades pueden encontrarse en la introducción de Vales.

En el Volumen I y cumpliendo con esa faceta epistolar que define en parte a la novela, nos encontramos con las cartas que Robert Walton escribe a su hermana Margaret, durante su trayecto en barco hacia los mares que rodean el Polo, con un montón de camaradas a su cargo. Para que el viaje no les resulte tan arduo, especialmente por las placas de hielo que les impiden avanzar al ritmo que a los tripulantes les gustaría, le va relatando su viaje, más concretamente su anhelo por encontrar un amigo que le ayude a combatir su soledad. Un día ven a un hombre casi moribundo, febril y catatónico, y deciden alojarle en su barco afianzando su mejoría, tarea que Walton se toma de manera personal. Pasados los días y recuperándose este, comienza a relatarle su historia.

"Relataré sucesos que grabaron sentimientos en mí que, de lo que era, me han convertido en lo que soy."

El ginebrino Victor Frankenstein comienza a contarle a Robert su pasado, sus estudios, su vida, y le confiesa que con sus propias manos y toda su dedicación creó un engendro, una persona de tamaño gigantesco, dotada de vida y que es a su vez su mayor enemigo. Una vez Frankenstein hubiese concluido su obra, enferma y una vez se recupera, regresa a Ginebra con su familia, donde encuentra que su hermano ha sido asesinado, no siendo ésta la única muerte que tenga que afrontar. Crear a un ser único, planteado como ser monstruoso y horroroso, que también envuelve amor, soledad y comprensión es parte de la magia de la obra.

"¿Era entonces un monstruo, un error sobre la Tierra, un ser del que todos los hombres huían y a quien todos los hombres rechazaban?"

No es que la edición sea bonita - que lo es- , sino que jamás imaginé que un libro englobado en el género de terror me hiciese estremecer tanto, pero en vez de por haberme provocado miedo, por lograr emocionarme gracias a su prosa bellísima y a su alta carga reflexiva. Si  me hubiesen asegurado que me cautivaría de esta manera, no lo hubiese creído. Hay que leerlo. No siempre las cosas son como aparentan y creo que Shelley recoge tan bien la perspectiva de los sentimientos así como la de intriga, y ambas se presentan de forma entrañable y lógica, que el viaje a la lectura de este clasicazo es maravilloso.

"No saber lo que ha ocurrido es mil veces peor que el acontecimiento más horrible."

Como añadidura, la introducción de José C. Vales que os comentaba al principio me parece muy práctica y necesaria para quien desconozca el origen de la escritura del libro;  está perfectamente enfocada y pone en situación al lector rápidamente.

No me queda más que añadir a su recomendación.



¿Os ha pasado esto alguna vez? ¿Adentraros en un género literario que no os llena y salir airosos de su lectura?




24 de julio de 2015

Escaparé de ti (Parte II)




Avancé con la espalda pegada a la pared, restregando mi cuerpo hecho jirones por la fachada. No quería mirar hacia atrás por si me encontraba con tus ojos. Continué sigilosa, durante unos metros. Se iba aproximando el final del edificio que estaba rodeando, y por consiguiente, saldría airosa de la plaza. Eso es lo que me obligaba a pensar a mí misma.

Algo captó mi atención debajo de uno de los soportales, por mi lado derecho. Una pareja de jóvenes estaba besándose fervientemente mientras se acariciaban con mucho mimo y delicadeza. Intenté hablarles, pero mi garganta no emitió sonido alguno. Así que fui aproximándome, lentamente. Al llegar a su altura, estiré mi mano todo lo que mi brazo dio de sí. Intenté rozar al chico, que permanecía de espaldas. La chica me vio, abrió los ojos desorbitados, y lo vi... temor, me temía a mí. Intenté explicarle con mi mirada que necesitaba ayuda, que no les haría ningún daño, pero no me entendió. Se separó unos centímetros de él, y comenzó a gritar despavorida. El chico se volvió, y con un paraguas rojo, que llevaba en la mano izquierda, sin pensarlo, se giró y me golpeó en las piernas. Sentí el golpe como un mazazo. Caí al suelo, aún apretándome el abdomen. Mis ojos seguían abiertos de par en par, en permanente alerta. Los vi alejarse corriendo. Ni siquiera se giraron hacia mí.

Debí de perder el conocimiento. Me desperté con un dolor inexplicable en el cuello, quizá por la tensión acumulada del momento. De pronto mi cerebro reaccionó, desconozco si por algún estímulo o por mi afán de sobrevivir. Tenía que incorporarme, estaba convencida de que habrías oído su grito y vendrías hacia mí. Lo sentí, lo supe. Apoyando todo el peso de mi cuerpo en mi mano izquierda conseguí despegar mi torso del suelo, pero continuaba sangrando, y el dolor se hacía cada vez más y más punzante. Oí un ruido metálico a lo lejos, así que me levanté lo más rápido posible. Respiraba con dificultad, creí desfallecer. Ya no tenía la convicción de vagar por un sueño horrible y tenebroso, o, por el contrario, vivir una realidad.

Me propuse continuar. Calculé que aún faltaban unos tres pasos para llegar a mi destino. Respiré todo lo hondo que pude, pero mis pobres pulmones no podían acompañarme y empecé a toser. Eso me fue debilitando aún más. Sentí que en el momento más inoportuno me iba a desmoronar. Levanté la cabeza hacia esa cúpula que tantas veces contemplé fascinada, y pedí a Dios que no me hubieras escuchado. Conforme terminé mi acelerada plegaria, bajé la cabeza, serena y me propuse alcanzar el asfalto.

Para poder cruzar de la Plaza Central a la carretera había un pequeño puente de madera.  Por debajo cruzaba un río poco acaudalado, pero donde iba con mi familia a refrescarme cuando era pequeña. Era un camino precioso por el que muchas personas caminaban. A ambos lados de la pasarela había árboles frondosos. Se olía la humedad desde varios metros de distancia. Lo peculiar era que para ser un sendero que me evocaba recuerdos tan bonitos, atravesarlo se me hizo interminable. Lo crucé, desgarrándome la planta de los pies con la madera astillada y ajada por los años. Tenía ganas de echarme a llorar, pero mi cabeza se mantuvo firme, llorar solo me dejaría aún más débil, y yo me sentía exhausta.

De pronto vi a los lejos unos faros acercarse. Sonreí, ¡estaba salvada! Me coloqué en el centro, esperando que el conductor me viera. Cada vez se acercaba más, y me entró pánico. ¿Ese era mi final? ¿Morir atropellada, después de haber escapado de ti? Los focos penetraban en mis pupilas, tanto, que no podía siquiera mirar. Por pura intuición me tapé los ojos con mi antebrazo izquierdo. La luz era cegadora. No quería descubrir el rostro de quién probablemente me quitaría la vida por descuido. Y de repente, oí un chirriar intenso, me había visto. Se bajaría del coche y me llevaría al hospital. Tenía fe en recuperarme.

El conductor o conductora permaneció en el vehículo. Fui bajando despacio el brazo hasta dejarlo a la altura de mi cadera. Me fui acercando, arrastrando las piernas como si estuviera inerte. ¿Acaso era un fantasma? ¿Existía realmente? ¿Tan sólo era mi imaginación?, o ¿Una desafortunada pesadilla? Me aposté junto al retrovisor, mientras la ventana iba bajando. Dentro había un hombrecillo mayor, con gafas, que permanecía con la boca abierta, sin a penas pestañear. Su mirada penetró en mis ojos. Permanecimos unos instantes en silencio sepulcral aunque para mí fue una eternidad. Dejó de observarme. Giró su cabeza leventemente hacia mi izquierda, y sin poder articular palabra, pisó el acelerador a fondo y desapareció en la penumbra. No me hizo falta volverme, sabía que estabas detrás. No me dio tiempo ni a asimilarlo cuando sentí un gran golpe en la cabeza. 

Desperté más tarde, quizá fueron horas, quizá minutos.  Notaba la boca ferrosa y un aroma a tierra fresca rozaba mi nariz. Fui parpadeando lentamente, con un esfuerzo sobrehumano, percibiendo un ligero murmullo a lejos. Era tu voz. Mi sangré se heló, balbuceabas algo sin sentido. Tu voz sonaba vidriosa, como si estuvieras borracho. Entonces te vislumbré en lo alto de una fosa, sentado en una vieja silla. En ese preciso momento, lo entendí, habías cavado para mí. Ese era mi final, mi vida estaba en tus manos. Tu decisión era enterrarme.

Te vi llorar como un niño, durante largo rato. Respeté tu silencio, hasta que empezaste a hablar:

- No era tu lugar. No deberías haber estado allí. El acuerdo con Fabio era algo meramente comercial, los dos solos. Yo le daba a la chica y él la vendería al mejor postor. Necesitaba dinero para poder traer a mi hija de vuelta conmigo. Cuando toda la transacción estaba prácticamente liquidada, percibí un olor de mujer, pero no era de la esclava. Olía a ropa limpia secada al sol. Me giré, y te vi correr hacia el coche. No tenía tiempo de ocuparme de ti, así que apunté tu matrícula mentalmente y seguí con lo que tenía que hacer. Él me lo dejó claro, -sin cabos sueltos-. Tardé tres meses en dar contigo. Es lo que había venido a hacer, cortar el cabo y desprenderme de él para siempre. Espero que mi hija nunca llegue a enterarse de esto, porque me odiaría por ello. Si hubiera acertado con el cuchillo no hubiéramos tenido que llegar hasta aquí, pero quisiste pelear. Hubiera preferido que fuera más sencillo.

Atisbé una botella, podría ser de bourbon. Y el reflejo de una pistola que tamboriléo en tus dedos.

-Mi niña o tú -dijiste-. Tomé una decisión.

Sentí una gota caliente rodar por mi frente. 

Todo se volvió oscuro.